La recogida de la aceituna: cosechando los frutos del sol

Cuando se vive en las ciudades, muchas veces tenemos que acudir a los recuerdos, o a memorias de nuestro inconsciente colectivo, para volver a sentir el olor de la tierra mojada, el susurro del viento jugando entre las ramas de los árboles, el aroma cálido del campo, o el canturreo del agua deslizándose entre lechos de piedra.

Sin embargo, hoy he asistido a un rito ancestral de comunión con la Naturaleza, tan antiguo como el ser humano, donde se funden la tradición, el arte, la poesía, la música y la celebración del hombre sobre la tierra: la recolección de la aceituna y el proceso alquímico de obtención del aceite.

Y es hoy, al estar entre cientos de olivos, peinando sus ramas con los dedos, sintiendo cómo los frutos van desgranándose con pequeños sonidos huecos, que me siento por fin enraizada a la historia de mi familia, y lo que es más importante, a la gran familia humana. Y ahora, cuando en cada una de mis células vibra la palabra Unidad, ante mí se entretejen historias de hombres, mujeres, olivos y canciones, en esta gran madeja que es la Creación.

Aunque nacida en Barcelona, soy mitad cordobesa y mitad malagueña. La cultura del aceite, los extensos olivares recortados contra el horizonte, la tierra quemada por el sol estival y las incontables generaciones de antepasados que perpetuaron el rito sagrado de recoger los frutos del olivo, corren por mis venas. Todas esas memorias han acudido a mí en este día, y el viento que sopla con fuerza me trae sus notas y los versos de tantos poetas que cantaron al olivo, a las tareas agrícolas que fundieron al hombre con el paisaje aceitunero, transformándolo en un símbolo de nuestra cultura y civilización. Vienen a mí, como mariposas alegres, las serranillas del Marqués de Santillana, las coplillas de nuestra lírica popular del S.XV, y cómo no, los grandes alfareros de la palabra, Antonio Machado y Federico García Lorca.

He aquí algunos versos inspirados en el paisaje de olivos:

“¡Viejos olivos sedientos

bajo el claro sol del día,

olivares polvorientos

del campo de Andalucía!

¡El campo andaluz, peinado

por el sol canicular,

de loma en loma rayado

de olivar y de olivar!

Son las tierras

soleadas,

anchas lomas, lueñes sierras

de olivares recamadas.

Mil senderos. Con sus machos,

abrumados de capachos,

van gañanes y arrieros.

¡De la venta del camino

a la puerta, soplan vino

trabucaires bandoleros!

¡Olivares y olivares

de loma en loma prendidos

cual bordados alamares!

¡Olivares coloridos

de una tarde anaranjada;

olivares rebruñidos

bajo la luna argentada!…”.

[1]

“El campo

de olivos

se abre y se cierra

como un abanico.

Sobre el olivar

hay un cielo hundido

y una lluvia oscura

de luceros fríos.

Tiembla junco y penumbra

a la orilla del río.

Se riza el aire gris.

Los olivos,

están cargados

de gritos.

Una bandada

de pájaros cautivos,

que mueven sus larguísimas

colas en lo sombrío.” [2]

Por el tronco del olivo surcan mil pliegues de sombra y tortuosos caminos de alma cansada, pero también hay escrita en su piel una larguísima historia de fuerza, vitalidad, regeneración y conexión con la Madre Tierra. Su fruto, la aceituna, es la energía hecha materia, que más tarde será liberada en luz líquida, cargada con toda la fuerza del Sol. El olivo, caminante entre dos mundos, sirve de puente al hombre entre el cielo y la tierra.

Parece que el origen del olivo se remonta al paleolítico (unos 35.000 años a.c.) por los yacimientos encontrados en Italia, Grecia y Norte de África. En cuanto a su cultivo, éste se inició hace unos 8.000 años en las mesetas de Anatolia o Asia Menor (actual Turquía) y pronto se extendió a oriente medio (actuales Siria, Líbano e Israel).

Una de las primeras manifestaciones pictóricas del olivo son las pinturas rupestres de Tassili (Argelia) con más de 8.000 años de antigüedad, donde aparecen hombres coronados con ramas de olivo.

El olivo viaja más tarde hasta poniente y llega a las islas del Egeo y a Egipto.

La civilización cretense floreció entre el 3.000 y el 1.450 a.c. Desde Creta el aceite de oliva se exportaba a Egipto, donde se utilizaba en alimentación y en la elaboración de cosméticos. Según la mitología egipcia, fue Isis (esposa de Osiris) la encargada de transmitir a los egipcios los conocimientos necesarios para extraer el preciado aceite de la oliva. Pero además, el olivo comienza a formar parte de los ritos mágico-funerarios y las momias de los faraones aparecen coronadas con ramitas verdecidas.

En la antigua Grecia, el olivo alcanzó una dimensión divina y se convirtió en un elemento mágico. Como árbol sagrado, su cultivo sólo era confiado a las vírgenes y a los hombres puros. Tantos eran sus atributos, que lo mismo servía para expulsar a los malos espíritus (agitando ramas de olivo), como para coronar a los victoriosos en las olimpiadas.

La Biblia está repleta de referencias al olivo, que era considerado un árbol sagrado. En el Génesis se nos cuenta cómo la paloma soltada por Noé, vuelve con una rama de olivo en el pico, anunciando así el final del Diluvio.

En nuestra cultura cristiana las alusiones al olivo y al aceite, contenidas en el Nuevo Testamento y en la narración de la vida y muerte de Jesucristo, son cuantiosas: al inicio se su Pasión, en su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús fue recibido con palmas y ramas de olivo; el huerto de los olivos, donde Jesús oraba y meditaba, era llamado Gethsemaní, que significa “prensa de aceite”.

Los primitivos cristianos tomaron el olivo como uno de sus principales símbolos religiosos y lo esculpieron y pintaron en las catacumbas. La rama de olivo adornaba con frecuencia los sarcófagos cristianos y su aromático aceite ardía en las lámparas ante las tumbas de los primeros mártires.

No sólo el cristianismo hace uso del aceite de oliva en sus ceremonias y ritos. En la masonería lo emplean en ciertas iniciaciones, así como en la consagración y dedicatoria de las logias. Para los masones, el aceite de oliva es símbolo de luz y prosperidad, aunque también de pureza, sabiduría y vigor. En las logias, es derramado como señal de paz y se utiliza en la consagración del Rito de Emulación y también como ingrediente de la mezcla purificadora que reciben los iniciados. En el 5º grado del Rito Francés, el aceite se pasa por el corazón, frente y labios como signo de Dulzura, Sabiduría, Fuerza y Belleza. Una lamparilla de aceite de oliva ardiendo en el centro del altar, simboliza la llama del fuego eterno. La apertura de la logia y el inicio de sus trabajos da comienzo con “el Encendido de las Luces”. En esta ceremonia se encienden “tres pequeñas luces” situadas en el centro de la logia y que representan al Venerable Maestro (Sabiduría), al primer Vigilante (Fuerza) y al segundo Vigilante (Belleza).

Nada de todo esto tuvo que ser desconocido para Edward Bach, cuya vida estuvo estrechamente ligada a las logias masónicas. Como el olivo no es típico del húmedo paisaje inglés, sino que es un árbol propio del mediterráneo que necesita pleno sol y no soporta las heladas, el Dr. Bach decidió pedir a unos amigos de Italia la elaboración, por el método solar, de las cremosas florecitas del olivo, ya que necesitaba extraer las propiedades de la planta en su entorno natural.

Olive (olea europaea) es uno de los 7 ayudantes y junto con Vine, está asociado a la historia de la humanidad. Ambas son especies domesticadas y moldeadas por el hombre y cuya función principal siempre fue la de servir de alimento. No es de extrañar que Bach viese en Olive a uno de estos “remedios para preparar el camino”, de gran utilidad en situaciones o enfermedades crónicas, donde la vida ha puesto a prueba toda nuestra resistencia.

En la edición de 1934 de “los doce curadores y los siete ayudantes” el Dr. Bach nos explica el por qué de la necesidad de añadir siete nuevos remedios a los doce ya existentes:

“Si el paciente no mejora cuando parece haber tomado uno de los curadores adecuados, hay otros siete remedios para preparar el camino; cuando una enfermedad se arrastra desde hace tiempo, se ha establecido muy bien y puede requerir de ayuda para que responda con más facilidad, y para estos casos tenemos siete remedios que son llamados “los siete ayudantes”.

En esta misma edición, Bach da las siguientes indicaciones para Olive:

“Para los que están pálidos, cansados y exhaustos, quizá tras muchas preocupaciones, enfermedad, penas o largas luchas. En todo caso, se hallan muy cansados y tienen la sensación de no disponer ya de fuerzas para combatir, y a veces casi no saben cómo se mantienen en acción. Pueden depender mucho de la ayuda de otros. Algunos pacientes tienen la piel muy seca y arrugada”.

Luego, en la edición de 1941, Olive aparece formando parte del grupo de “Falta de interés por las presentes circunstancias”, y la descripción queda reducida a un pequeño párrafo:

“Para los que han sufrido mucho mental o físicamente y se encuentran tan exhaustos y agotados que se sienten sin fuerzas para realizar el menor esfuerzo. La vida cotidiana les representa un duro esfuerzo y no les proporciona ningún placer”

Nora Weeks, en su libro “los descubrimientos del Dr.Edward Bach”, comenta: “Este remedio era necesario para curar a aquellas personas que vivían la vida plenamente pero quedaban agotadas y débiles por el sufrimiento y carecían de fuerzas para seguir adelante. Bach descubrió que la flor del olivo (olive) reintegraba la energía y la salud a esas personas.

Recoger aceitunas es, ciertamente, un trabajo agotador. Bajo los olivos, hemos extendido unas redes donde caen los frutos que vamos desprendiendo con las manos. Después, se pliegan las redes de tal forma que las olivas se acumulen en su centro. Dispuestos en parejas, alzamos las redes y vertemos los frutos en los capazos, que más tarde irán a llenar las grandes sacas. Es un trabajo encadenado, una secuencia continua, que aúna los esfuerzos de todos. El día es frío y ventoso. Allí, plantados firmemente sobre la tierra, a veces encorvados o incluso agachados, sentimos cómo nos recorre una energía ascendente, en espiral, que nos conforta, que nos alienta a continuar nuestra labor. Esta es la verdadera fuerza del olivo: una poderosa fuente de luz para tiempos de oscuridad y que el Dr. Edward Bach, gran conocedor del alma humana, no tuvo duda en reconocer.

La historia del olivo, la aceituna y el aceite, es un fluido deslizar que nace en la noche de los tiempos y que, hasta el día de hoy, siempre ha acompañado al hombre, lo ha alimentado, protegido, alumbrado y sanado, no sólo de las heridas del cuerpo sino también de las del alma.

 

[1] Fragmento del poema “los olivos”, de Antonio Machado. Campos de Castilla (1907-1917)
[2] Poema titulado “Paisaje” de Federico García Lorca, perteneciente al “Poema de la seguiriya gitana” y dedicado a Carlos Morla Vicuña. Libro “Poema del cante jondo” 1921.
By | 2018-03-04T10:22:35+00:00 abril 5, th, 2016|BLOG|0 Comments